El Árbol Rojo

Un poco de esto y un poco de aquello.

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Ni se os ocurra llamarme “Joven talla XL”

  Esta noticia me ha indignado en varios frentes:

Instagram censura una selfie en bikini de una joven talla XL por error.

  Lo primero de todo, como lo de “fuertecita” y “rellenita” al fin va desapareciendo, ahora han acuñado “joven talla XL”.  En el artículo dicen ” con sobrepeso”. Menos mal, porque llegan a colocarle lo de “obesa” y yo personalmente me transformo en Hulk. Los eufemismos me sacan de quicio porque “disfrazan” la realidad como si fuera una realidad vergonzante. Es una chica con sobrepeso. Punto. Lo mismo que podría ser una chica alta o baja, con mucho pecho o con poco. A las gordas los eufemismos no nos ayudan nada. Y ya sabéis que a mí me gusta llamarme “gorda” porque creo que hay que reclamar esa palabra como una cualidad física para que deje de ser un insulto.

  Siguiente punto: Instagram censurando unas fotos sí y otras no. Lo primero que me viene a la mente es la hipocresía de considerar las fotos en bikini adecuadas y las fotos en ropa interior inapropiadas. Me recuerda a mi madre, que no le gusta que yo la vea en ropa interior (tampoco es que sea una visión placentera para mí, mamá). La diferencia entre mi bikini y mi ropa interior es que mi bikini se seca antes. En lo que a centímetros cuadrados se refieren, tengo algunas bragas que tapan más que mi bikini. Si esto no es un ridículo tabú social, ya me diréis lo que es.

  Y por último está lo de que Instagram ha censurado a esta usuaria pero a otras no. Sin pretender defender a Instagram, el artículo ignora lo obvio: la foto fue eliminada porque fue reportada. Instagram, Facebook, etc. se esfuerzan en eliminar el contenido inapropiado de sus dominios, pero la vía más efectiva y probablemente más importante es que los usuarios “se quejen” de las fotos. Y esto es lo que me toca verdaderamente las gónadas: esa gente que ha decidido que esa gorda no merece tener sus autofotos en bikini/ropa interior en Instagram. Porque su cuerpo es más inapropiado que otros.

Es para mear y no echar gota.

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El enemigo en el cerebro

  De todos los trastornos mentales que me podrían haber tocado, el mío no es el peor. Porque aunque la mayoría de la gente que me conoce no lo sepa, yo tengo un trastorno mental. Se llama Trastorno Depresivo Recurrente y, en pocas palabras, esto significa que la química de mi cerebro no funciona bien y, si no tomara  medicación, antes o después padecería un episodio depresivo mayor. Bueno, y tomando medicación  también. Pero eso ya es otra historia.

  Todo el mundo habla de “depresión“, pero la mayoría de la gente no sabe muy bien de qué va el tema. Dichosos ellos. Desgraciadamente, antes o después muchos lo experimentarán en sus carnes. La prevalencia de esta enfermedad aumenta sin parar y no existe algo así como una “cura universal” para los trastornos depresivos. Por eso es muy importante que se hable de la depresión. Que se hable mucho, que se hable sin miedo y que se hable sabiendo de lo que se habla.   Por eso hoy quiero aportar mi granito de arena, no desde el punto de vista científico, médico o psicológico, sino desde mi propia experiencia personal. No como enfermera, sino como enferma.

  En el otoño de 2005 yo estaba estudiando tercero de Enfermería. La vida me iba bien en líneas generales. Pero empezaba a tener la sensación de que  algo estaba mal. ALGO. No sabía muy bien el qué, pero esa sensación estaba empezando a ser cada vez más molesta. Al principio pensaba que era astenia otoñal, esas cosas del cambio de estación que a algunas personas nos afecta bastante. Pero pasaban las semanas y no mejoraba, sino que iba a peor. Y ahí  empezaron todos los síntomas que vienen en el libro. Sólo que yo no los conocía, así que no sabía qué me estaba pasando. Empecé a obsesionarme por todo. Cada pequeño problema se convertía en un pensamiento en bucle en mi cabeza que no conseguía desconectar. Me sentía culpable por cualquier cosa, como si fuera mi obligación ser perfecta. Sentía que tenía que hacer TODO lo mejor posible. Y lo mejor posible para mí era “perfecto”. Poco a poco todo esto se volvió una maraña de ansiedad, obsesión y culpa. Hubiera matado por tener un botón de apagado en el cerebro. Era agotador. Y empecé a dormir mal, a dejar de lado mi vida social, a no dedicarme tiempo a mí misma, etc. El pack completo de convertir mi vida en una miseria. ¡Cuando en realidad mi vida se suponía que iba bien!

  Éste es un gran conflicto en la mente de una persona que está deprimida. Porque hay depresiones que tienen una causa (quedarse en el paro, ser diagnosticado de cáncer, perder a un ser querido), pero la mayoría son PORQUE SÍ. Igual has tenido una época mala en el curro, o has discutido con tu pareja, vale, eso estresa a cualquiera, pero ESTO, esto no tiene justificación ninguna. Te sientes peor que nunca creíste que podrías sentirte y ni siquiera tienes un motivo para sentirte mal.  ¿Cómo le vas a contar eso a nadie? Así que poco a poco, continuas girando en la espiral de TODO MAL, TÚ SOLO y, cuando te quieres dar cuenta, empiezas a querer morirte. Y no hablo de tener una crisis  y querer desaparecer de la faz de la Tierra. No. Hablo de levantarte cada día durante meses, con el deseo genuino de MORIRTE.

 

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  Los síntomas de la depresión no son “universales” como los de una gripe. Yo, por ejemplo, en la primera no quería morirme. De hecho estaba aterrorizada con la idea de que un día me iba a morir. De que en cualquier momento podía atropellarme un coche o caérseme un muro encima. Estaba obsesionada con esa idea. Y sin embargo, en los siguientes episodios morirme y dejar de sufrir ha sido lo único que me ha “apetecido” en meses. Los deseos de hacerse daño a uno mismo o de morirse son síntomas muy comunes. Otros típicos son la pérdida de placer por las cosas que antes te gustaban, las rumiaciones (esos pensamientos en bucle que no puedes parar), la disminución del deseo sexual, los sentimientos de culpa, la pérdida de autoestima y unos cuantos más. Hay gente a la que le cuesta una barbaridad decidirse a salir de la cama por las mañanas. Otra gente es incapaz de dormir por las noches. A veces es una mezcla de todo. Pero repito: la parte importante que tenéis que entender es que todo esto te pasa PORQUE SÍ.

  Tras meses sufriendo sin saber por qué, mi madre se dio cuenta de lo que estaba pasando y me llevó al psiquiatra. Tenemos una larga tradición familiar de trastornos depresivos, así que ahí tuve suerte. Entonces vino el tema de la medicación. Yo estaba desesperada. Lo único que quería era sentirme mejor. Y los antidepresivos se suponía que me iban a ayudar. Pero ya de mano el psiquiatra me advirtió que tardaría al menos 3 semanas en empezar a notar mejoría. ¿21 días más de tormento como mínimo? No sabía si iba a ser capaz de aguantar tanto. Y lo que tampoco sabía era que los médicos te prescriben el antidepresivo X a bulto porque no pueden saber si te va a funcionar o no. No son antibióticos. No hay una fórmula perfecta. En mi caso también tuve suerte en esto y acertaron con el segundo. Bueno, más o menos, porque ya voy por el cuarto.

  Así que tenemos una enfermedad que empiezas a padecer sin motivo, que no sabes muy bien cómo explicar y que además no sabes si vas a curarte ni cuándo. Estupendo. No es sorprendente que a la mayoría de la gente le dé vergüenza reconocer que está deprimida o hablar de ello con sus amigos. Porque ojo, los que están deprimidos de verdad son en general los que no hablan de ello.

  Pero al final, con un poco de ayuda farmacológica y MUCHO trabajo, un día te levantas por la mañana y sientes que ya no tienes tantas ganas de morirte. La parte del trabajo es muy importante. Las pastillas no hacen milagros. Pero al final sales. Mejoras. Te cuesta más o menos tiempo, a veces poco, a veces mucho, pero mejoras.

 

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  Entonces de repente redescubres el mundo. Porque no hay como haber estado enfermo para valorar la salud. Y de repente tienes muchas ganas de vivir. De vivir cien años y no volver a pasar nunca más por eso. Y afortunadamente, para la gran mayoría de los enfermos será así.

  Para mí y otros enfermos como yo no va a ser así, me temo. “Trastorno Depresivo Recurrente” es el diagnóstico que te endosan cuando llegas a la consulta del psiquiatra con tu tercer episodio depresivo mayor. A partir de ahí eres un enfermo crónico que va a necesitar medicación de por vida o al menos hasta que descubran algo mejor. Tu tercer episodio depresivo demuestra que definitivamente en tu cerebro algo no va bien a nivel químico y hay que arreglaro artificialmente. Porque, amigos míos, la terapia psicológica tampoco hace milagros y no puede con todo. Muchas veces necesitas un poco de ayuda artificial para llegar a tener las fuerzas de hacer el trabajo restante. Yo intenté pasar sin la medicación, os lo aseguro. Me aterrorizaba pensar que iba a ser una enferma crónica con medicación de por vida. Pero al final tuve que ceder. Y me alegro MUCHO de haber cedido.

  A día de hoy llevo 4 episodios depresivos. Tomo una sola pastilla al día (lo cual me parece un triunfo de la farmacología, por cierto). Y estoy en remisión. Que ahora mismo no estoy deprimida, vamos. Soy como cualquiera. De hecho estoy más sana que muchísima gente. Aunque soy consciente de que sigo teniendo un trastorno mental y de que nadie puede asegurarme que no vaya a empezar un nuevo ciclo en cualquier momento.

  Así que, si alguno os sentís identificados con algo de toda esta parrafada que acabo de soltar y os está pasando ahora mismo, id al médico. En serio. No esperéis a bajar al fondo del pozo, que luego la luz queda muy lejos. Y si estáis perfectamente pero conocéis a alguien que se parece un poco a mí, hablad con esa persona. Porque seguramente se siente MUY sola y os necesita.

  Y por último, para todos los que estáis ahí detrás de la pantalla asintiendo sin parar porque tenéis un trastorno mental, el que sea, todo mi apoyo y todo mi calor. Mucho ánimo. Y mucha suerte.

RUNNING FOR DUMMIES (contado por otra dummy) Parte II

En la primera parte de esta “guía” te habías quedado vestid@ y calzad@ con la intención de salir a correr. Y la pregunta que te planteabas era: ¿y ahora cómo entreno esto de correr? Pues mi respuesta va a ser en modo 2.0.

Apps para correr:

Para esto, como para otras muchas cosas, el móvil va a ser tu mejor amigo. Hay un sinfín de aplicaciones para correr, muchas de ellas gratuitas. Si empiezas desde cero te vendrá bien cualquiera que se base en el método “Couch To 5K” , que consiste en un programa de entrenamiento por intervalos, alternando caminar con correr. Progresivamente el tiempo en que corres aumenta y en el que caminas, disminuye. Así, en 8-10 semanas (hay variaciones) puedes pasar de no haber corrido en tu vida a correr 5km más o menos del tirón.

Parece imposible, pero yo soy una de las muchas pruebas vivientes de esto. De hecho terminé el programa ayer y la verdad es que jamás hubiera pensado que yo sería capaz de correr 5 kilómetros. Ni 1 kilómetro, para qué mentir.

En cuanto a cuál de todas las apps disponsibles que usan este método elegir, te voy a recomendar la que he usado yo. Pero necesitas saber Inglés y te tienen que gustar los zombies, porque se trata de Zombies Run! 5K Training . Es de pago, pero es poco dinero. Y merece mucho la pena. Con ella vas a entrenar usando el método Couch To 5K  pero ambientado en un mundo postapocalíptico invadido por lo zombies en el que formas parte de un grupo de supervivientes donde los corredores son los encargados de conseguir suministros imprescindibles. Hay bastante trama de fondo para engancharte a la historia y los personajes serán los que te vayan guiando durante los entrenamientos. Además puedes elegir con cuál de tus listas de reproducción correr y usar el GPS para guardar tus rutas. Todo tu progreso queda almacenado en su web. Aquí tenéis mi perfil, por si queréis echarle un vistazo al asunto. Los mapas los tengo en modo privado por seguridad, eso sí.

Y si no quieres seguir un método concreto de entrenamiento sino ir haciendo por tu cuenta, las dos app estrella para mí son RunKeeper y Endomondo. Ambas sirven para ver y almacenar tus rutas, seguir tus progresos e incluso compartir tus entrenamientos en las redes sociales.  Las dos pueden usarse para más deportes aparte de correr (como caminar o ir en bici) y te permiten agregar como amigos a otros usuarios. Endomondo ofrece además la posibilidad de unirse a desafíos en grupo propuestos por otros usuarios, lo cual siempre anima a ser constante.

No querría acabar este doble post sin recomendarte tres cosas muy importante que tienes que hacer después de cada entrenamiento: ESTIRAR, ESTIRAR y ESTIRAR.  Tal vez ese mismo día no notes nada pero te aseguro que, como no estires, te vas a cagar al día siguiente. Y a las 48 horas, aún más. A ver, al principio te vas a cagar de todas formas y es normal. Hay gente que incluso se enchufa un antiinflamatorio antes de irse a dormir los días que entrena. A mí no me ha hecho falta hasta ahora, pero lo comprendo perfectamente. Y estirar es fundamental para no sobrecargar los músculos y acabar lesionándose. Conviene estirar todos los músculos de las piernas, pero sobre todo cuádriceps, isquiotibiales, trigémino y tibial anterior. Mucho ojo con el tibial anterior, que normalmente no sabemos que lo tenemos y es el que más habitualmente se lesiona en corredores. Estos tres vídeos muestran cómo evitarlo. Y si tienes propensión a los calambres, come plátanos.  Tienen un montón de magnesio. Son infalibles.

Y ya para terminar, unos “briconsejos”:

1. Motivarse para hacer ejercicio cuesta. Y mucho. Existen diversas tácticas, pero la que me funciona a mí es la de los pequeños premios. De hecho he terminado comprándome una “reward chart” para niños y concediéndome pequeños caprichos al llegar a cierto número de entrenamientos, con un regalo más grande al final. Para que os hagáis una idea, mi reward chart hace unas semanas estaba así:

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Si buscas en Google imágenes de  “reward chart” o “star chart”, hay un montón de modelos para imprimirlos tal cual o darte ideas para hacer la tuya propia. Y también he encontrado una web donde puedes crear una plantilla imprimible a tu gusto y hasta le puedes poner un dragón (porque los dragones lo molan todo y ya está).

2. Los pantalones de correr llevan unos bolsillo minúsculos (eso si llevan). Te caben las llaves de casa y punto. Si además quieres meter el móvil en alguna parte, además de las fundas-brazalete que ahora se ven tanto, hay una opción más práctica: un portadocumentos de viaje. Sí, esos planitos que llevan los turistas debajo de la ropa para que no les roben el dinero o el pasaporte. Los hay específicos para correr, con un tejido más transpirable y un cierre más seguro. Pero cualquiera puede valer. Mejor por fuera de la camiseta, claro. Yo al final me he pasado a la versión “riñonera” (en concreto, ésta) que así me caben las gafas de sol.

3. Esto os puede parecer pasarse, pero os prometo que en mi corazón hay un lugar calentito reservado al que inventó esta micro-toalla. Viene siendo un paño de limpiar las gafas en grande con bolsita y mosquetón. No pesa, no ocupa nada y da mucho gusto poder secarse el sudor de la cara de vez en cuando. He comprobado que las tiendas de montaña están llenas de chorradas prácticas para salir al campo, hacer deporte o ir de viaje. Soy muy fan.

4. Si no te gusta la música, pues nada. Pero si te gusta, una buena lista de reproducción puede ser la clave para un buen entrenamiento. Sobre todo para terminarlo cuando lo que te apetece es parar ya y coger el bus de vuelta a casa. Con el tiempo irás viendo qué canciones te ayudan  a mantener tu ritmo y cuáles te dan un empujoncito cuando lo necesitas. Para aportar mi granito de arena os dejo mis dos listas de reproducción pasadas a Spotify: Run For Your Life! (más metalera) y Motivational Playlist (más buenrollera). A esta última  le he ido añadiendo canciones demasiados lentas para correr, así que ya no funciona tal cual. Pero te puede dar ideas. 🙂

Y hasta aquí esta pequeña guía práctica de iniciación para corredores novatos contado para otra novata. Espero que os haya servido de ayuda. Podéis preguntar lo que queráis en los comentarios o hacerme sugerencias a mí si ya sois corredores más veteranos.

Y sobre todo, por supuesto, gracias por leerme. Y a correr. 🙂

RUNNING FOR DUMMIES (contado por otra dummy) Parte I

Este post pretende ser un  compendio de consejos personales para quien quiera iniciarse en la aventura de correr. Como yo llevo poco tiempo corriendo, están muy frescos en mi cabeza y son para absolutos principiantes. Llevo sólo 2 meses y medio corriendo, así que todo es muy básico y con muy poco presupuesto.

Sobre los beneficios de correr, tanto físicos como mentales, podéis leer un montón de cosas con una simple búsqueda en Google. Y yo tampoco os lo sabría contar mejor, así que me voy a saltar esa parte. Sobre por qué yo empecé a correr, hablo en este post, si tenéis curiosidad. Y sobre qué significa ahora mismo correr para mí, hablaré otro día con más calma.

Mi primer consejo antes de nada es muy sencillo: PRUEBA A CORRER. Si tienes una mínima curiosidad, inténtalo. Dale una oportunidad. A mí siempre me pareció un deporte odioso y ahora me doy cuenta de lo equivocada que estaba. Pero claro, esto es personal e intransferible. Así que simplemente prúebalo. Igual descubres que no te gusta nada. O igual te das cuenta de que te estabas perdiendo algo estupendo.

Así que ahora  pongamos que ya te has decidido a empezar a correr. El tema es: ¿por dónde empiezo? Pues lo primero que necesitas es comprar un par de cosas. Así que vámonos de tiendas.

El calzado:

Puede parecer una perogruyada, pero lo más importante para correr son las zapatillas. El resto del equipamiento puede ser específico para correr o no, pero las zapatillas tienen que ser de correr sí o sí (de Running, que le dicen ahora). El primer día que salí a correr llevaba unas Converse. NUNCA MÁS. Unas zapatillas de deporte normales tal vez te ofrezcan un buen soporte para el pie (eso con suerte), pero desde luego no están pensadas para amortiguar el impacto que correr supone para tus articulaciones. Y son menos transpirables y más pesadas de la cuenta.

Así que necesitas unas zapatillas. Y hay cientos de modelos de zapatillas para correr, claro. Pero voy a suponer que estás igual de pelad@ de pasta que yo y además aún no sabes si lo de correr te va a gustar. Solución: cómprate éstas. No, no me pagan comisión en esta tienda. De hecho, si encuentras otras mejores de liquidación o algo así, a por ello. Pero éstas son las que tengo yo y estoy encantada. Las hay para hombre y para mujer y en varios colores. Hay incluso un modelo más barato si de verdad vas mal de pasta. Ése no lo he probado, aunque seguro que es igual de válido para empezar. Son unas zapatillas que sólo podrás usar unos meses porque están pensadas para correr muy poquito. Pero yo creo que para probar, por relación calidad/precio, son ideales.

Ojo, éstas son unas zapatillas para correr por carretera. Si tienes pensado correr por monte o por terreno no asfaltado, necesitas zapatillas de “trail running”, que son un poco diferentes. Y la técnica para correr también es distinta. Ahí no te puedo a ser de mucha ayuda porque aún no lo he probado.

Y una cosa: cuando corres lloviendo, te mojas los pies. No hay otra. Tengo que investigar si hay algún modelo de zapatillas con tejido repelente al agua qu aguante el primer ratito aunque sea. Porque, para que sean suficientemenete transpirables, no se pueden hacer impermeables. Una lástima.

La ropa:

Para salir a correr en principio te vale un pantalón de chándal y una camiseta cómoda. Aquí el gasto puede llegar a 0 si ya tienes eso. Aunque a la que hayas entrenado unas pocas veces seguramente ya quieras al menos una camiseta técnica. Lo bueno de la ropa técnica es que está diseñada para darte justamente lo que necesitas. En el caso de la ropa de correr lo que quieres es que sea muy transpirable y que se adapte bien a tus movimientos sin rozarte o apretarte. Y para conseguir esto lo que más se agradece es una camiseta específica para correr (algunas de montañismo son exactamente iguales). Las puedes encontrar desde 6€ en la tienda del enlace de antes, por ejemplo. Y la diferencia con una camiseta de algodón se nota una barbaridad. Lo mismo se aplica a los pantalones. Y también los hay muy baratos. Pero desde luego, si sólo te vas a comprar una cosa, yo votaría por la camiseta.

En cuanto a chaquetas, una sudadera cómoda de algodón vale para empezar. Yo ya me he comprado una más adecuada para correr en Escocia con viento y humedad perpetuos, pero  con una sudadera normal se puede pasar perfectamente. En verano hay muchas partes de España en la que no te la vas a poner en absoluto y, hasta que llegue el invierno de verdad, en general la vas a usar mientras calientas y en el trayecto de vuelta a casa. Si corres en cinta, por supuesto, no la vas a usar jamás.

La ropa interior:

La ropa interior tiene más importancia de lo que puedes imaginar. Aquí voy a decir una cosa muy importante: LA ROPA INTERIOR DE ALGODÓN ES EL MAL. Lo siento, pero esto es así. El algodón es como una esponja. Corriendo se suda mucho. Y te aseguro que no mola nada hacer ejercicio llevando “las entretelas” mojadas todo el rato. Así que nada de cien por cien algodón. Cualquier otro tejido sintético mejorará tu vida.

Respecto al tipo de “parte de abajo” adecuado, esto ya va en gustos. Desde luego yo no correría en tanga, pero ahí ya, lo que le sea cómodo a cada una. Y para chicos, igual. Con tal de que os sujete bien las partes nobles y no se ande metiendo por donde no debe al moveros, lo que os vaya bien.

Eso sí: Las chicas necesitamos un sujetador deportivo. Y que sujete. Vamos, que no sea el de la marca de ropa chic que de repente ha decidido sacar una mini-colección de ropa de deporte que es una basura. Y ahora se han puesto de moda los sujetadores de deporte con aros. ¡Pero si precisamente lo que más me molestan son los aros! Mí no entender. Incluso si tienes las tetas pequeñas, necesitas que vayan bien sujetas. Eso o en unos años las tendrás que llevar en una carretilla. Por no hablar de la posibilidad de un desgarro en el tejido mamario, QUE TIENE QUE DOLER ASÍ COMO LA HOSTIA (perdón por el taco). Y si tienes el pecho grande, mis amigas tetudas recomiendan sin dudarlo la marca “Shock Absorber”. Cuestan una pasta, pero merecen la pena.

Si eres chico, es posible que se te irriten los pezones al correr. Sí, a mí también me da corte ponerme a hablar de pezones masculinos, pero es bastante habitual. Y me imagino que debe de doler bastante. Si tienes ese problema, hay tiritas especiales para evitarlo. Las tiritas normales también valen, claro. Sólo tienes que recortarlas un poco para no hacerte una depilación involuntaria al quitártelas.

En cuanto a los calcetines, parecerá una tontería, pero merece la pena comprarse unos calcetines de deporte. También los hay muy baratos. Están hechos de tejidos sintéticos mucho más transpirables que el algodón y llevan un buena goma en el tobillo y una banda de tejido un poco elástico rodeando el empeine del pie, con lo que el calcetín no se mueve al correr.

Ahora ya estás vestid@ y calzad@. Ya sólo necesitas una botella de agua y list@ para correr. La pregunta es: ¿Y exactamente esto cómo se entrena? Pues eso lo veremos en la segunda parte de este post. Que si no esto es muy largo y aburrido y a ver si te voy a quitar las ganas de correr. 😉

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Las 50 Millas de Jonny Lee Miller

El 4 de mayo de 2013, el actor británico Jonny Lee Miller corrió 50 millas en 12 horas y 45 minutos, con el objetivo de recaudar fondos para la investigación del Síndrome de Sanfilippo. ¡¡¡50 millas!!! ¡¡Yo no sabía ni que eso fuera humanamente posible!! Pero esperad, que estoy empezando a contar la historia por el final.

A mediados del 2011, mi amiga Aphra Bhn compartió en Twitter o en Facebook (la verdad es que no me acuerdo) un artículo titulado El Gordito Que Corrió 1000 Kilómetros. Merece la pena leerlo, pero os lo resumiré: es la historia de un señor de mediana edad cuya única actividad física era una clase de pádel semanal. Un buen día vio unas zapatillas de súper oferta en una tienda de deportes y se las compró. Pero a la semana siguiente, su profesor le explicó que aquello eran zapatillas de correr y que no valían para jugar al pádel. Total, que aquel buen hombre pensó que, ya que tenía las zapatillas, podía probar a correr. Y poco a poco, con tiempo y esfuerzo, pasó de sentir que se moría antes de llegar a la esquina a correr una carrera de 10 Km (en el artículo lo cuenta con muchas más gracia, por supuesto). Total, que no sé por qué motivo, aquell historia en aquel momento me resultó absolutamente inspiradora. Así que me compré una bici.

Ésta es la imagen que ilustra el artículo.

Ésta es la imagen que ilustra el artículo.

Nunca he sido muy deportista. De niña jugaba al fútbol en el recreo, pero cuando crecí relegué la actividad física a la parte más baja de mi lista de prioridades. Y así, me pasé años y años de vida sedentaria interrumpidos sólo por unas cuantas rutas de montaña y un año y medio de judo. Los gimansios siempre me han parecido un aburrimiento. Aun cuando iba a clases que me gustaban, enseguida lo dejaba.  Pero el verano lo pasaba en la costa con mis padres, en un pueblo donde había tan poco que hacer aparte de helarte bañándote en el Cantábrico, que me pasaba horas en bici con mis “amigos de verano”. Por eso, en el verano de 2011 se me ocurrió que lo de comprarme una bici era una buena idea.

Barcelona es una ciudad fantástica para tener una bicicleta. Kilómetros y kilómetros de carril bici, mayormente llanos, poca lluvia y mucha cultura ciclista. Así que empecé poco a poco a usarla para ir al curro. 5 kilómetros cada viaje. Y en unos meses ya estaba yendo a casi todas partes con ella. Me encantaba. El metro me había empezado a parecer un lugar agobiante y claustrofóbico. Y de los autobuses mejor ni hablemos. Así que cuando quise darme cuenta era una especie de adicta. No voy a decir que estaba en una forma estupenda, pero desde luego me costaba mucho menos agacharme y me dolía menos la espalda. Y sobre todo es que me ponía de muy buen humor.

Mi súper bici. :-)

Mi súper bici de segunda mano.

Pero en abril de 2012 me quedé sin curro. Los primeros meses de paro seguí usando mucho mi bicicleta, aunque ya no hacía tantos kilómetros. Pero poco a poco, con el desánimo que causa no conseguir ni una puñetera entrevista de trabajo en meses, empecé a usar otra vez el metro, cada vez más, y en las últimas semanas en Barcelona no di ni una pedalada. Y así, el 3 de diciembre de 2012 aterricé en Edimburgo (bueno, llegué en tren desde Londres, pero ya me entendéis).

En Edimburgo hay bastantes ciclistas. Muchos más de los que esperaba. Pero yo no estoy tan “loca”. Apenas hay carril-bici, llueve al menos 2 veces por semana, todo son cuestas y en invierno se hiela la carretera (literalmente). Así que, cuando ya llevaba casi 5 meses aquí, me di cuenta de que no recordaba la última vez que había “movido el culo” en condiciones. ¿Y qué hace uno cuando no quiere ir al gimnasio, no tiene dinero para una bici y sueña con vivir muchos años?: CORRER.

A mí no me gusta correr. Bueno, eso había pensado siempre. Como siempre me he asfixiado a partir del segundo tramo de escaleras, lo de correr lo descarté enseguida. Y empecé a dar la excusa de “es que no me gusta”. Luego me lesioné una rodilla (sólo año y medio haciendo judo y me rompo un menisco, ¡vaya tela!). Ahí sí que encontré la excusa perfecta para no correr: “es que el médico me ha recomendado que no corra por mi rodilla”. Que conste que es cierto, pero básicamente lo he usado de excusa. Funciona de coña. Aunque en realidad, lo que hay de verdad en el fondo bajo de la capa de excusas, es que siempre he pensado que yo no podría correr. Toda la vida me ha dado vergüenza incluso intentarlo. Tengo un sobrepeso considerable y cada vez que subo unas escaleras se me pone la frecuencia cardiaca por las nubes. ¿¿Cómo me iba a poner yo a correr??

Pero he aquí que estaba en Edimburgo con una forma física penosa, un presupuesto insuficiente para una bici y unos parques y senderos verdes y llanos que da gloria verlos. Y tal vez porque me estoy haciendo mayor o algo así, estaba empezando a pensar que hay muchas cosas que digo que no puedo hacer pero que en realidad nunca he intentando hacer de verdad. Y entonces llega otra vez mi amiga Aphra Bhn y dice que va a empezar a correr de nuevo  y que, para coger el ritmo después de tanto tiempo, va a usar el método Couch To 5K, pero con la app para móvil Zombies Run 5K Training.  O sea, un método que te “enseña” a correr desde cero en 8 semanas (entrenando 3 días por semana) ambientado en un mundo postapocalíptico invadido por los zombies. ¿¿Entrenar huyendo de zombies?? YO LO VI CLARO.

Hombre, si me persiguen un montón de zombies, corro seguro.

Hombre, si os vais a poner así, me voy corriendo.

A día de hoy he completado las 3 primeras semanas del programa (de hecho, hoy he comenzado la cuarta). Ya soy capaz de correr 3 minutos del tirón sin echar el hígado por la boca. Y, aunque acabo los entrenamientos reventada, reconozco que me gusta. Hay días que me canso más o que me da  pereza, pero ya no puedo dejarlo. ¡¡Estoy corriendo!!  ¡¡YO!!  Bueno, cuando hablo de “correr” me refiero a un digno “trote cochinero”, pero ¡eh! ¡¡YO!! Y la inversión en equipamiento para empezar es mínima. Con unas zapatillas de correr de 20 libras y una app para móvil (que las hay gratuitas) ya lo tienes. Incluso me he hecho una playlist bien molona para tener una banda sonora vigorizante mientras corro, que eso ayuda una barbaridad.  Creo que empezar a correr ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en bastante tiempo.

Y ahora sí, llegamos  a Jonny Lee Miller. Es el señor con cara de buena persona de la foto:

Es que de verdad que tiene cara de buena persona.

Es que de verdad que tiene cara de buena persona.

Aparte de estar absolutamente obsesionada con este actor, el tema es que siento una curiosidad enorme sobre por qué un ser humano normal cualquiera decide entrenar para superar todos los límites de sufrimiento razonables con el objetivo de correr una maratón. O media. De lo de las 50 millas ya ni hablamos. Me resulta algo tan incomprensible, que estoy fascinada por el tema. He empezado a comprar resivstas sobre actividad física y a leer sobre el tema. Y paso ganas de parar a todos los corredores que me cruzo y preguntarles por qué lo hacen. Porque es que es mucha gente la que corre tanto, así que, contra todo pronóstico, algo bueno tiene que tener. Y quiero entenderlo, en serio. Tal vez si algún día yo misma llego a experimentarlo, me engancharé al deporte de una vez por todas.

Inverleith Park, uno de mis lugares favoritos para correr.

Inverleith Park, uno de mis lugares favoritos para correr.

Por eso voy a seguir corriendo. O trotando. Porque no sólo es bueno para mi salud física, sino también para mi salud mental. Y porque creo que corriendo voy a aprender cosas sobre mí y sobre el resto de seres humanos, que sentada frente a la tele nunca podría entender. Y, aunque me parece poco probable que me veáis corriendo una maratón, igual una carrera de 5 Km sí. ¿Quién sabe?

Y así algún día tal vez entenderé por qué  la gente se mata en el gimnasio, o dedica los fines de semana a provocarse agujetas, o se consagra tanto a un deporte que llega a convertirlo en su vida. Algún día  tal vez entenderé por qué Jonny Lee Miller corrió 50 millas. Por qué se pasó 12 horas y 45 minutos corriendo porque sí. Y si ese día llega, descuidad, que vendré a contároslo.

 

El bastón del Doctor Watson

Nuevo blog, primer post. Con vuestro permiso me voy a ahorrar la presentación e introducción y voy a ir directa al lío.

Vaya por delante que este post pretende ser una reflexión sobre la imagen del “héroe” en cine y televisión y no un estudio exhaustivo sobre la obra de Sir Arthur Conan Doyle. Y también, que no he leído ni uno sólo de los relatos originales sobre Sherlock Holmes. Sus fans se me tirarán a la yugular, pero empecé con  A Study In Scarlet y el estilo narrativo me aburrió mortalmente. Así que en cuanto al aspecto literario, reconozco que he tirado de los artículos de Wikipedia sobre Holmes y Watson. Dicho esto, vamos con el bastón.

Mi primer contacto con Sherlock Holmes fue, por supuesto, en dibujos animados:

En mi imaginación, el Doctor Watson fue desde entonces, un caballero ya de edad que acompañaba a Sherlock Homes caminando con su bastón. Después de volver a ver la intro de la serie de dibujos, no sé de dónde saqué lo del bastón, pero os juro que estaba convencida de que llevaba uno.

Esto probablemente lo vi en alguna película, porque lo cierto es que el Doctor Watson de Conan Doyle sirvió en la guerra de Afganistán de 1878 y allí fue herido por una bala. Dónde fue herido parece que no está muy claro. En A Study In Scarlet él cuenta que fue herido en el hombro, pero en The Sign Of Four, se lamenta del dolor en su pierna por su antigua heridade guerra (fuente). Parece que el imaginario popular se ha quedado con lo de la pierna, al menos en lo que a las adaptaciones más recientes se refiere. Y como el bastón en la época victoriana era un símbolo de estatus, también parece que más bien era Holmes el que llevaba el bastón como complemento de vestir y yo me he hecho un lío.

Pero entonces voy a comparar las tres adaptaciones más recientes de estos personajes a ver si mi reflexión va a tener sentido o no (y ya advierto que para ello tendré que hacer algún pequeño spoiler): la película “Sherlock Holmes” de Guy Ritchie (2009) – protagonizada por Robert Downey Jr. y Jude Law –  la serie “Sherlock” (BBC, 2010) y la serie “Elementary” (CBS, 2012). Voy a dejar aparte al Doctor House porque realmente la serie no es una adaptación de la pareja de detectives.

En la película “Sherlock Holmes”, el Doctor Watson es un joven y flamante Jude Law (¡anda que no ha cambiado el cuento!). Usa bastón por su herida de guerra en una pierna. Pero no nos engañemos, lo lleva para usarlo como arma. Está claro que esa pierna no tiene ninguna secuela. El chaval está sanote sanote.

En la serie “Sherlock”, Watson utiliza bastón en el episodio piloto por una herida sufrida en la última guerra de Afganistán (bien hilado, sí señor). Parece que no estoy tan loca: hay versiones del Doctor Watson con bastón. Pero la cogera de este nuevo Watson parece ser fruto de un dolor puramente psicosomático y  el bastón no le dura ni medio capítulo. Otro Doctor Watson de buena salud..

Por último, en la serie “Elementary”, la doctora Watson (que aquí sí que le han dado un cambio completo al personaje), lo más cerca que ha estado de una guerra ha sido pasando en coche por el Bronx un sábado por la noche. Sí, parece que tiene un pequeño trauma personal pero, ¿quién no?. Esta doctora está sana como una manzana.

En este punto es cuando me pregunto si los guionistas tendrían el valor de crear un Doctor Watson cojo que no pudiera echar a correr.  Igual es que yo soy muy recelosa, pero tengo la sensación de que no ven compatible ser un “héroe” con tener algún tipo de problema físico. Igual es que yo soy demasiado recelosa. Vamos a pensar ahora en Holmes.

En “Sherlock Holmes”, Holmes es un bala perdida: jugador, borracho, pendenciero e incluso parece que cliente habitual de un fumadero de opio en la segunda película. Pero esto no parece nada muy problemático subversivo teniendo en cuenta que es Robert Downey Jr. haciendo de Robert Downey Jr.

En “Sherlock” hubo muchos menos valor y la única sustancia adictiva que se le reconoce al susodicho son los parches de nicotina. Puede ser un borde y un antisocial, pero está limpio. Al fin y al cabo Sherlock Holmes es parte del tesoro nacional británico y hay que guardar un poco las formas.

Por último, en “Elementary”, Sherlock acaba de salir de una clínica de desintoxicación y no está nada orgulloso de sus adicciones. De vez en cuando parece que le gustaría volver a meterse algo, pero que tampoco le preocupa demasiado el tema.

Y si alguien va a mencionarme al Doctor House, con esa pierna os aseguro que yo también me haría adicta a lo que hiciera falta. Aunque ciertamente es el referente más “minusválido” de los últimos años.

La cuestión es que al final tenemos a dos héroes que tal vez arrastran algún trauma del pasado, pero son absolutamente funcionales a nivel físico. Y quiero recalcar lo de nivel físico porque, pese a que parece que al Doctor Watson original parece que tampoco tenía muchos problemas con su pierna y bien pueden decir que son fieles al original, me sigue llamando la atención que los “héroes” de nuestras series y películas estén siempre tan en forma.

Y es que aparte del Profesor Xavier de los X-Men, que está en silla de ruedas pero tiene superpoderes (¡cualquiera le da la minusvalía a ése!), ¿cuántos referentes heroicos tenemos con alguna minusvalía física? ¿Es que ya no nos parecerían tan heroicos si estuvieran cojos y les faltara un brazo? ¿Ya no podríamos identificarnos con ellos o querer imitarlos? Ni siquiera son adaptaciones para niños que tengan que ser por convención “políticamente correctas” (por dar una excusa). Son adaptaciones para nosotros, adultos del mundo real que se ahogan si tienen que correr para alcanzar el autobús, con contracturas, artrosis, dolor de espalda y qué leches, muchos en silla de ruedas, con muletas y prótesis diversas.

Sherlock Holmes no está enganchado a las drogas y el Doctor Watson no lleva bastón. Pero a veces me pregunto si no nos estaremos alejando demasiado de la realidad.

 

Holmes

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