El Árbol Rojo

Un poco de esto y un poco de aquello.

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El pasillo

  Bill entra en la unidad buscando a Rachel, su esposa. Cuando la encuentra en el pasillo, ella lo abraza y le dice que le quiere.  Caminan unos pasos de la mano y se paran a mi lado a saludarme. Bill no ha acabado la primera frase cuando Rachel se suelta de su mano y echa a andar de nuevo, sola. Así, sin más, sigue caminando por el pasillo de vuelta a su propio mundo. Y Bill la mira alejarse mientras me dice: “¿Lo ves? Ya no estoy aquí, para ella ya me he ido. La demencia es una enfermedad terrible”.

Los niños, siempre los niños.

Ayer estaba mirando ropa en una tienda y una de las dependientas, señora de mediana edad, salió a la puerta a echarle la bronca a un chaval de unos 16 años, que estaba en pleno calle vestido de esta guisa:

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Yo no sé si es que el mozo había perdido una apuesta o estaba de despedida de soltero (porque iba acompañado de otros chavales vestidos normales). La cuestión es que le cayó una bronca de aúpa. Principalmente, la señora le gritó: “Eso es obsceno. Y hay niños por la calle”. “Obsceno” y “niños”, la combinación mortal.
  Al principio pensé: “tiene usted razón, señora. Qué vergüenza”. Y en menos de 2 minutos me di cuenta de mi hipocresía. ¿Obsceno? ¿En serio? A ver, ridículo, sí. Pero oiga, que el chaval no iba desnudo (y si hubiera ido desnudo, habría que debatir hasta qué punto eso es “obsceno”). La cuestión es que si en vez de estar en una calle cerca del centro estuviéramos en la playa, lo único que se le podría decir es que menudo mal gusto (aunque  bonito culo, por cierto). Iba haciendo el ridículo, pero de ahí a la obscenidad hay una tirada.
  Y luego, los niños. Siempre los niños. Como si los niños no vieran tangas y topless en la playa. Como si hubiera que protegerlos del cuerpo de los adultos. No vaya a ser que los tiernos infantes descubran que los niños tienen pene y las niñas vagina.

  Moraleja: no saquéis a los niños de casa, que está el mundo lleno de obscenidades. Y además, eso de llevar los huevos apretados y un trozo de tela metido por el culo debe de ser muy incómodo.

Las 50 Millas de Jonny Lee Miller

El 4 de mayo de 2013, el actor británico Jonny Lee Miller corrió 50 millas en 12 horas y 45 minutos, con el objetivo de recaudar fondos para la investigación del Síndrome de Sanfilippo. ¡¡¡50 millas!!! ¡¡Yo no sabía ni que eso fuera humanamente posible!! Pero esperad, que estoy empezando a contar la historia por el final.

A mediados del 2011, mi amiga Aphra Bhn compartió en Twitter o en Facebook (la verdad es que no me acuerdo) un artículo titulado El Gordito Que Corrió 1000 Kilómetros. Merece la pena leerlo, pero os lo resumiré: es la historia de un señor de mediana edad cuya única actividad física era una clase de pádel semanal. Un buen día vio unas zapatillas de súper oferta en una tienda de deportes y se las compró. Pero a la semana siguiente, su profesor le explicó que aquello eran zapatillas de correr y que no valían para jugar al pádel. Total, que aquel buen hombre pensó que, ya que tenía las zapatillas, podía probar a correr. Y poco a poco, con tiempo y esfuerzo, pasó de sentir que se moría antes de llegar a la esquina a correr una carrera de 10 Km (en el artículo lo cuenta con muchas más gracia, por supuesto). Total, que no sé por qué motivo, aquell historia en aquel momento me resultó absolutamente inspiradora. Así que me compré una bici.

Ésta es la imagen que ilustra el artículo.

Ésta es la imagen que ilustra el artículo.

Nunca he sido muy deportista. De niña jugaba al fútbol en el recreo, pero cuando crecí relegué la actividad física a la parte más baja de mi lista de prioridades. Y así, me pasé años y años de vida sedentaria interrumpidos sólo por unas cuantas rutas de montaña y un año y medio de judo. Los gimansios siempre me han parecido un aburrimiento. Aun cuando iba a clases que me gustaban, enseguida lo dejaba.  Pero el verano lo pasaba en la costa con mis padres, en un pueblo donde había tan poco que hacer aparte de helarte bañándote en el Cantábrico, que me pasaba horas en bici con mis “amigos de verano”. Por eso, en el verano de 2011 se me ocurrió que lo de comprarme una bici era una buena idea.

Barcelona es una ciudad fantástica para tener una bicicleta. Kilómetros y kilómetros de carril bici, mayormente llanos, poca lluvia y mucha cultura ciclista. Así que empecé poco a poco a usarla para ir al curro. 5 kilómetros cada viaje. Y en unos meses ya estaba yendo a casi todas partes con ella. Me encantaba. El metro me había empezado a parecer un lugar agobiante y claustrofóbico. Y de los autobuses mejor ni hablemos. Así que cuando quise darme cuenta era una especie de adicta. No voy a decir que estaba en una forma estupenda, pero desde luego me costaba mucho menos agacharme y me dolía menos la espalda. Y sobre todo es que me ponía de muy buen humor.

Mi súper bici. :-)

Mi súper bici de segunda mano.

Pero en abril de 2012 me quedé sin curro. Los primeros meses de paro seguí usando mucho mi bicicleta, aunque ya no hacía tantos kilómetros. Pero poco a poco, con el desánimo que causa no conseguir ni una puñetera entrevista de trabajo en meses, empecé a usar otra vez el metro, cada vez más, y en las últimas semanas en Barcelona no di ni una pedalada. Y así, el 3 de diciembre de 2012 aterricé en Edimburgo (bueno, llegué en tren desde Londres, pero ya me entendéis).

En Edimburgo hay bastantes ciclistas. Muchos más de los que esperaba. Pero yo no estoy tan “loca”. Apenas hay carril-bici, llueve al menos 2 veces por semana, todo son cuestas y en invierno se hiela la carretera (literalmente). Así que, cuando ya llevaba casi 5 meses aquí, me di cuenta de que no recordaba la última vez que había “movido el culo” en condiciones. ¿Y qué hace uno cuando no quiere ir al gimnasio, no tiene dinero para una bici y sueña con vivir muchos años?: CORRER.

A mí no me gusta correr. Bueno, eso había pensado siempre. Como siempre me he asfixiado a partir del segundo tramo de escaleras, lo de correr lo descarté enseguida. Y empecé a dar la excusa de “es que no me gusta”. Luego me lesioné una rodilla (sólo año y medio haciendo judo y me rompo un menisco, ¡vaya tela!). Ahí sí que encontré la excusa perfecta para no correr: “es que el médico me ha recomendado que no corra por mi rodilla”. Que conste que es cierto, pero básicamente lo he usado de excusa. Funciona de coña. Aunque en realidad, lo que hay de verdad en el fondo bajo de la capa de excusas, es que siempre he pensado que yo no podría correr. Toda la vida me ha dado vergüenza incluso intentarlo. Tengo un sobrepeso considerable y cada vez que subo unas escaleras se me pone la frecuencia cardiaca por las nubes. ¿¿Cómo me iba a poner yo a correr??

Pero he aquí que estaba en Edimburgo con una forma física penosa, un presupuesto insuficiente para una bici y unos parques y senderos verdes y llanos que da gloria verlos. Y tal vez porque me estoy haciendo mayor o algo así, estaba empezando a pensar que hay muchas cosas que digo que no puedo hacer pero que en realidad nunca he intentando hacer de verdad. Y entonces llega otra vez mi amiga Aphra Bhn y dice que va a empezar a correr de nuevo  y que, para coger el ritmo después de tanto tiempo, va a usar el método Couch To 5K, pero con la app para móvil Zombies Run 5K Training.  O sea, un método que te “enseña” a correr desde cero en 8 semanas (entrenando 3 días por semana) ambientado en un mundo postapocalíptico invadido por los zombies. ¿¿Entrenar huyendo de zombies?? YO LO VI CLARO.

Hombre, si me persiguen un montón de zombies, corro seguro.

Hombre, si os vais a poner así, me voy corriendo.

A día de hoy he completado las 3 primeras semanas del programa (de hecho, hoy he comenzado la cuarta). Ya soy capaz de correr 3 minutos del tirón sin echar el hígado por la boca. Y, aunque acabo los entrenamientos reventada, reconozco que me gusta. Hay días que me canso más o que me da  pereza, pero ya no puedo dejarlo. ¡¡Estoy corriendo!!  ¡¡YO!!  Bueno, cuando hablo de “correr” me refiero a un digno “trote cochinero”, pero ¡eh! ¡¡YO!! Y la inversión en equipamiento para empezar es mínima. Con unas zapatillas de correr de 20 libras y una app para móvil (que las hay gratuitas) ya lo tienes. Incluso me he hecho una playlist bien molona para tener una banda sonora vigorizante mientras corro, que eso ayuda una barbaridad.  Creo que empezar a correr ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en bastante tiempo.

Y ahora sí, llegamos  a Jonny Lee Miller. Es el señor con cara de buena persona de la foto:

Es que de verdad que tiene cara de buena persona.

Es que de verdad que tiene cara de buena persona.

Aparte de estar absolutamente obsesionada con este actor, el tema es que siento una curiosidad enorme sobre por qué un ser humano normal cualquiera decide entrenar para superar todos los límites de sufrimiento razonables con el objetivo de correr una maratón. O media. De lo de las 50 millas ya ni hablamos. Me resulta algo tan incomprensible, que estoy fascinada por el tema. He empezado a comprar resivstas sobre actividad física y a leer sobre el tema. Y paso ganas de parar a todos los corredores que me cruzo y preguntarles por qué lo hacen. Porque es que es mucha gente la que corre tanto, así que, contra todo pronóstico, algo bueno tiene que tener. Y quiero entenderlo, en serio. Tal vez si algún día yo misma llego a experimentarlo, me engancharé al deporte de una vez por todas.

Inverleith Park, uno de mis lugares favoritos para correr.

Inverleith Park, uno de mis lugares favoritos para correr.

Por eso voy a seguir corriendo. O trotando. Porque no sólo es bueno para mi salud física, sino también para mi salud mental. Y porque creo que corriendo voy a aprender cosas sobre mí y sobre el resto de seres humanos, que sentada frente a la tele nunca podría entender. Y, aunque me parece poco probable que me veáis corriendo una maratón, igual una carrera de 5 Km sí. ¿Quién sabe?

Y así algún día tal vez entenderé por qué  la gente se mata en el gimnasio, o dedica los fines de semana a provocarse agujetas, o se consagra tanto a un deporte que llega a convertirlo en su vida. Algún día  tal vez entenderé por qué Jonny Lee Miller corrió 50 millas. Por qué se pasó 12 horas y 45 minutos corriendo porque sí. Y si ese día llega, descuidad, que vendré a contároslo.

 

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