El Árbol Rojo

Un poco de esto y un poco de aquello.

Archivar para el mes “septiembre, 2013”

El enemigo en el cerebro

  De todos los trastornos mentales que me podrían haber tocado, el mío no es el peor. Porque aunque la mayoría de la gente que me conoce no lo sepa, yo tengo un trastorno mental. Se llama Trastorno Depresivo Recurrente y, en pocas palabras, esto significa que la química de mi cerebro no funciona bien y, si no tomara  medicación, antes o después padecería un episodio depresivo mayor. Bueno, y tomando medicación  también. Pero eso ya es otra historia.

  Todo el mundo habla de “depresión“, pero la mayoría de la gente no sabe muy bien de qué va el tema. Dichosos ellos. Desgraciadamente, antes o después muchos lo experimentarán en sus carnes. La prevalencia de esta enfermedad aumenta sin parar y no existe algo así como una “cura universal” para los trastornos depresivos. Por eso es muy importante que se hable de la depresión. Que se hable mucho, que se hable sin miedo y que se hable sabiendo de lo que se habla.   Por eso hoy quiero aportar mi granito de arena, no desde el punto de vista científico, médico o psicológico, sino desde mi propia experiencia personal. No como enfermera, sino como enferma.

  En el otoño de 2005 yo estaba estudiando tercero de Enfermería. La vida me iba bien en líneas generales. Pero empezaba a tener la sensación de que  algo estaba mal. ALGO. No sabía muy bien el qué, pero esa sensación estaba empezando a ser cada vez más molesta. Al principio pensaba que era astenia otoñal, esas cosas del cambio de estación que a algunas personas nos afecta bastante. Pero pasaban las semanas y no mejoraba, sino que iba a peor. Y ahí  empezaron todos los síntomas que vienen en el libro. Sólo que yo no los conocía, así que no sabía qué me estaba pasando. Empecé a obsesionarme por todo. Cada pequeño problema se convertía en un pensamiento en bucle en mi cabeza que no conseguía desconectar. Me sentía culpable por cualquier cosa, como si fuera mi obligación ser perfecta. Sentía que tenía que hacer TODO lo mejor posible. Y lo mejor posible para mí era “perfecto”. Poco a poco todo esto se volvió una maraña de ansiedad, obsesión y culpa. Hubiera matado por tener un botón de apagado en el cerebro. Era agotador. Y empecé a dormir mal, a dejar de lado mi vida social, a no dedicarme tiempo a mí misma, etc. El pack completo de convertir mi vida en una miseria. ¡Cuando en realidad mi vida se suponía que iba bien!

  Éste es un gran conflicto en la mente de una persona que está deprimida. Porque hay depresiones que tienen una causa (quedarse en el paro, ser diagnosticado de cáncer, perder a un ser querido), pero la mayoría son PORQUE SÍ. Igual has tenido una época mala en el curro, o has discutido con tu pareja, vale, eso estresa a cualquiera, pero ESTO, esto no tiene justificación ninguna. Te sientes peor que nunca creíste que podrías sentirte y ni siquiera tienes un motivo para sentirte mal.  ¿Cómo le vas a contar eso a nadie? Así que poco a poco, continuas girando en la espiral de TODO MAL, TÚ SOLO y, cuando te quieres dar cuenta, empiezas a querer morirte. Y no hablo de tener una crisis  y querer desaparecer de la faz de la Tierra. No. Hablo de levantarte cada día durante meses, con el deseo genuino de MORIRTE.

 

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  Los síntomas de la depresión no son “universales” como los de una gripe. Yo, por ejemplo, en la primera no quería morirme. De hecho estaba aterrorizada con la idea de que un día me iba a morir. De que en cualquier momento podía atropellarme un coche o caérseme un muro encima. Estaba obsesionada con esa idea. Y sin embargo, en los siguientes episodios morirme y dejar de sufrir ha sido lo único que me ha “apetecido” en meses. Los deseos de hacerse daño a uno mismo o de morirse son síntomas muy comunes. Otros típicos son la pérdida de placer por las cosas que antes te gustaban, las rumiaciones (esos pensamientos en bucle que no puedes parar), la disminución del deseo sexual, los sentimientos de culpa, la pérdida de autoestima y unos cuantos más. Hay gente a la que le cuesta una barbaridad decidirse a salir de la cama por las mañanas. Otra gente es incapaz de dormir por las noches. A veces es una mezcla de todo. Pero repito: la parte importante que tenéis que entender es que todo esto te pasa PORQUE SÍ.

  Tras meses sufriendo sin saber por qué, mi madre se dio cuenta de lo que estaba pasando y me llevó al psiquiatra. Tenemos una larga tradición familiar de trastornos depresivos, así que ahí tuve suerte. Entonces vino el tema de la medicación. Yo estaba desesperada. Lo único que quería era sentirme mejor. Y los antidepresivos se suponía que me iban a ayudar. Pero ya de mano el psiquiatra me advirtió que tardaría al menos 3 semanas en empezar a notar mejoría. ¿21 días más de tormento como mínimo? No sabía si iba a ser capaz de aguantar tanto. Y lo que tampoco sabía era que los médicos te prescriben el antidepresivo X a bulto porque no pueden saber si te va a funcionar o no. No son antibióticos. No hay una fórmula perfecta. En mi caso también tuve suerte en esto y acertaron con el segundo. Bueno, más o menos, porque ya voy por el cuarto.

  Así que tenemos una enfermedad que empiezas a padecer sin motivo, que no sabes muy bien cómo explicar y que además no sabes si vas a curarte ni cuándo. Estupendo. No es sorprendente que a la mayoría de la gente le dé vergüenza reconocer que está deprimida o hablar de ello con sus amigos. Porque ojo, los que están deprimidos de verdad son en general los que no hablan de ello.

  Pero al final, con un poco de ayuda farmacológica y MUCHO trabajo, un día te levantas por la mañana y sientes que ya no tienes tantas ganas de morirte. La parte del trabajo es muy importante. Las pastillas no hacen milagros. Pero al final sales. Mejoras. Te cuesta más o menos tiempo, a veces poco, a veces mucho, pero mejoras.

 

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  Entonces de repente redescubres el mundo. Porque no hay como haber estado enfermo para valorar la salud. Y de repente tienes muchas ganas de vivir. De vivir cien años y no volver a pasar nunca más por eso. Y afortunadamente, para la gran mayoría de los enfermos será así.

  Para mí y otros enfermos como yo no va a ser así, me temo. “Trastorno Depresivo Recurrente” es el diagnóstico que te endosan cuando llegas a la consulta del psiquiatra con tu tercer episodio depresivo mayor. A partir de ahí eres un enfermo crónico que va a necesitar medicación de por vida o al menos hasta que descubran algo mejor. Tu tercer episodio depresivo demuestra que definitivamente en tu cerebro algo no va bien a nivel químico y hay que arreglaro artificialmente. Porque, amigos míos, la terapia psicológica tampoco hace milagros y no puede con todo. Muchas veces necesitas un poco de ayuda artificial para llegar a tener las fuerzas de hacer el trabajo restante. Yo intenté pasar sin la medicación, os lo aseguro. Me aterrorizaba pensar que iba a ser una enferma crónica con medicación de por vida. Pero al final tuve que ceder. Y me alegro MUCHO de haber cedido.

  A día de hoy llevo 4 episodios depresivos. Tomo una sola pastilla al día (lo cual me parece un triunfo de la farmacología, por cierto). Y estoy en remisión. Que ahora mismo no estoy deprimida, vamos. Soy como cualquiera. De hecho estoy más sana que muchísima gente. Aunque soy consciente de que sigo teniendo un trastorno mental y de que nadie puede asegurarme que no vaya a empezar un nuevo ciclo en cualquier momento.

  Así que, si alguno os sentís identificados con algo de toda esta parrafada que acabo de soltar y os está pasando ahora mismo, id al médico. En serio. No esperéis a bajar al fondo del pozo, que luego la luz queda muy lejos. Y si estáis perfectamente pero conocéis a alguien que se parece un poco a mí, hablad con esa persona. Porque seguramente se siente MUY sola y os necesita.

  Y por último, para todos los que estáis ahí detrás de la pantalla asintiendo sin parar porque tenéis un trastorno mental, el que sea, todo mi apoyo y todo mi calor. Mucho ánimo. Y mucha suerte.

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