El Árbol Rojo

Un poco de esto y un poco de aquello.

Archivar para el mes “mayo, 2013”

Las 50 Millas de Jonny Lee Miller

El 4 de mayo de 2013, el actor británico Jonny Lee Miller corrió 50 millas en 12 horas y 45 minutos, con el objetivo de recaudar fondos para la investigación del Síndrome de Sanfilippo. ¡¡¡50 millas!!! ¡¡Yo no sabía ni que eso fuera humanamente posible!! Pero esperad, que estoy empezando a contar la historia por el final.

A mediados del 2011, mi amiga Aphra Bhn compartió en Twitter o en Facebook (la verdad es que no me acuerdo) un artículo titulado El Gordito Que Corrió 1000 Kilómetros. Merece la pena leerlo, pero os lo resumiré: es la historia de un señor de mediana edad cuya única actividad física era una clase de pádel semanal. Un buen día vio unas zapatillas de súper oferta en una tienda de deportes y se las compró. Pero a la semana siguiente, su profesor le explicó que aquello eran zapatillas de correr y que no valían para jugar al pádel. Total, que aquel buen hombre pensó que, ya que tenía las zapatillas, podía probar a correr. Y poco a poco, con tiempo y esfuerzo, pasó de sentir que se moría antes de llegar a la esquina a correr una carrera de 10 Km (en el artículo lo cuenta con muchas más gracia, por supuesto). Total, que no sé por qué motivo, aquell historia en aquel momento me resultó absolutamente inspiradora. Así que me compré una bici.

Ésta es la imagen que ilustra el artículo.

Ésta es la imagen que ilustra el artículo.

Nunca he sido muy deportista. De niña jugaba al fútbol en el recreo, pero cuando crecí relegué la actividad física a la parte más baja de mi lista de prioridades. Y así, me pasé años y años de vida sedentaria interrumpidos sólo por unas cuantas rutas de montaña y un año y medio de judo. Los gimansios siempre me han parecido un aburrimiento. Aun cuando iba a clases que me gustaban, enseguida lo dejaba.  Pero el verano lo pasaba en la costa con mis padres, en un pueblo donde había tan poco que hacer aparte de helarte bañándote en el Cantábrico, que me pasaba horas en bici con mis “amigos de verano”. Por eso, en el verano de 2011 se me ocurrió que lo de comprarme una bici era una buena idea.

Barcelona es una ciudad fantástica para tener una bicicleta. Kilómetros y kilómetros de carril bici, mayormente llanos, poca lluvia y mucha cultura ciclista. Así que empecé poco a poco a usarla para ir al curro. 5 kilómetros cada viaje. Y en unos meses ya estaba yendo a casi todas partes con ella. Me encantaba. El metro me había empezado a parecer un lugar agobiante y claustrofóbico. Y de los autobuses mejor ni hablemos. Así que cuando quise darme cuenta era una especie de adicta. No voy a decir que estaba en una forma estupenda, pero desde luego me costaba mucho menos agacharme y me dolía menos la espalda. Y sobre todo es que me ponía de muy buen humor.

Mi súper bici. :-)

Mi súper bici de segunda mano.

Pero en abril de 2012 me quedé sin curro. Los primeros meses de paro seguí usando mucho mi bicicleta, aunque ya no hacía tantos kilómetros. Pero poco a poco, con el desánimo que causa no conseguir ni una puñetera entrevista de trabajo en meses, empecé a usar otra vez el metro, cada vez más, y en las últimas semanas en Barcelona no di ni una pedalada. Y así, el 3 de diciembre de 2012 aterricé en Edimburgo (bueno, llegué en tren desde Londres, pero ya me entendéis).

En Edimburgo hay bastantes ciclistas. Muchos más de los que esperaba. Pero yo no estoy tan “loca”. Apenas hay carril-bici, llueve al menos 2 veces por semana, todo son cuestas y en invierno se hiela la carretera (literalmente). Así que, cuando ya llevaba casi 5 meses aquí, me di cuenta de que no recordaba la última vez que había “movido el culo” en condiciones. ¿Y qué hace uno cuando no quiere ir al gimnasio, no tiene dinero para una bici y sueña con vivir muchos años?: CORRER.

A mí no me gusta correr. Bueno, eso había pensado siempre. Como siempre me he asfixiado a partir del segundo tramo de escaleras, lo de correr lo descarté enseguida. Y empecé a dar la excusa de “es que no me gusta”. Luego me lesioné una rodilla (sólo año y medio haciendo judo y me rompo un menisco, ¡vaya tela!). Ahí sí que encontré la excusa perfecta para no correr: “es que el médico me ha recomendado que no corra por mi rodilla”. Que conste que es cierto, pero básicamente lo he usado de excusa. Funciona de coña. Aunque en realidad, lo que hay de verdad en el fondo bajo de la capa de excusas, es que siempre he pensado que yo no podría correr. Toda la vida me ha dado vergüenza incluso intentarlo. Tengo un sobrepeso considerable y cada vez que subo unas escaleras se me pone la frecuencia cardiaca por las nubes. ¿¿Cómo me iba a poner yo a correr??

Pero he aquí que estaba en Edimburgo con una forma física penosa, un presupuesto insuficiente para una bici y unos parques y senderos verdes y llanos que da gloria verlos. Y tal vez porque me estoy haciendo mayor o algo así, estaba empezando a pensar que hay muchas cosas que digo que no puedo hacer pero que en realidad nunca he intentando hacer de verdad. Y entonces llega otra vez mi amiga Aphra Bhn y dice que va a empezar a correr de nuevo  y que, para coger el ritmo después de tanto tiempo, va a usar el método Couch To 5K, pero con la app para móvil Zombies Run 5K Training.  O sea, un método que te “enseña” a correr desde cero en 8 semanas (entrenando 3 días por semana) ambientado en un mundo postapocalíptico invadido por los zombies. ¿¿Entrenar huyendo de zombies?? YO LO VI CLARO.

Hombre, si me persiguen un montón de zombies, corro seguro.

Hombre, si os vais a poner así, me voy corriendo.

A día de hoy he completado las 3 primeras semanas del programa (de hecho, hoy he comenzado la cuarta). Ya soy capaz de correr 3 minutos del tirón sin echar el hígado por la boca. Y, aunque acabo los entrenamientos reventada, reconozco que me gusta. Hay días que me canso más o que me da  pereza, pero ya no puedo dejarlo. ¡¡Estoy corriendo!!  ¡¡YO!!  Bueno, cuando hablo de “correr” me refiero a un digno “trote cochinero”, pero ¡eh! ¡¡YO!! Y la inversión en equipamiento para empezar es mínima. Con unas zapatillas de correr de 20 libras y una app para móvil (que las hay gratuitas) ya lo tienes. Incluso me he hecho una playlist bien molona para tener una banda sonora vigorizante mientras corro, que eso ayuda una barbaridad.  Creo que empezar a correr ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en bastante tiempo.

Y ahora sí, llegamos  a Jonny Lee Miller. Es el señor con cara de buena persona de la foto:

Es que de verdad que tiene cara de buena persona.

Es que de verdad que tiene cara de buena persona.

Aparte de estar absolutamente obsesionada con este actor, el tema es que siento una curiosidad enorme sobre por qué un ser humano normal cualquiera decide entrenar para superar todos los límites de sufrimiento razonables con el objetivo de correr una maratón. O media. De lo de las 50 millas ya ni hablamos. Me resulta algo tan incomprensible, que estoy fascinada por el tema. He empezado a comprar resivstas sobre actividad física y a leer sobre el tema. Y paso ganas de parar a todos los corredores que me cruzo y preguntarles por qué lo hacen. Porque es que es mucha gente la que corre tanto, así que, contra todo pronóstico, algo bueno tiene que tener. Y quiero entenderlo, en serio. Tal vez si algún día yo misma llego a experimentarlo, me engancharé al deporte de una vez por todas.

Inverleith Park, uno de mis lugares favoritos para correr.

Inverleith Park, uno de mis lugares favoritos para correr.

Por eso voy a seguir corriendo. O trotando. Porque no sólo es bueno para mi salud física, sino también para mi salud mental. Y porque creo que corriendo voy a aprender cosas sobre mí y sobre el resto de seres humanos, que sentada frente a la tele nunca podría entender. Y, aunque me parece poco probable que me veáis corriendo una maratón, igual una carrera de 5 Km sí. ¿Quién sabe?

Y así algún día tal vez entenderé por qué  la gente se mata en el gimnasio, o dedica los fines de semana a provocarse agujetas, o se consagra tanto a un deporte que llega a convertirlo en su vida. Algún día  tal vez entenderé por qué Jonny Lee Miller corrió 50 millas. Por qué se pasó 12 horas y 45 minutos corriendo porque sí. Y si ese día llega, descuidad, que vendré a contároslo.

 

El bastón del Doctor Watson

Nuevo blog, primer post. Con vuestro permiso me voy a ahorrar la presentación e introducción y voy a ir directa al lío.

Vaya por delante que este post pretende ser una reflexión sobre la imagen del “héroe” en cine y televisión y no un estudio exhaustivo sobre la obra de Sir Arthur Conan Doyle. Y también, que no he leído ni uno sólo de los relatos originales sobre Sherlock Holmes. Sus fans se me tirarán a la yugular, pero empecé con  A Study In Scarlet y el estilo narrativo me aburrió mortalmente. Así que en cuanto al aspecto literario, reconozco que he tirado de los artículos de Wikipedia sobre Holmes y Watson. Dicho esto, vamos con el bastón.

Mi primer contacto con Sherlock Holmes fue, por supuesto, en dibujos animados:

En mi imaginación, el Doctor Watson fue desde entonces, un caballero ya de edad que acompañaba a Sherlock Homes caminando con su bastón. Después de volver a ver la intro de la serie de dibujos, no sé de dónde saqué lo del bastón, pero os juro que estaba convencida de que llevaba uno.

Esto probablemente lo vi en alguna película, porque lo cierto es que el Doctor Watson de Conan Doyle sirvió en la guerra de Afganistán de 1878 y allí fue herido por una bala. Dónde fue herido parece que no está muy claro. En A Study In Scarlet él cuenta que fue herido en el hombro, pero en The Sign Of Four, se lamenta del dolor en su pierna por su antigua heridade guerra (fuente). Parece que el imaginario popular se ha quedado con lo de la pierna, al menos en lo que a las adaptaciones más recientes se refiere. Y como el bastón en la época victoriana era un símbolo de estatus, también parece que más bien era Holmes el que llevaba el bastón como complemento de vestir y yo me he hecho un lío.

Pero entonces voy a comparar las tres adaptaciones más recientes de estos personajes a ver si mi reflexión va a tener sentido o no (y ya advierto que para ello tendré que hacer algún pequeño spoiler): la película “Sherlock Holmes” de Guy Ritchie (2009) – protagonizada por Robert Downey Jr. y Jude Law –  la serie “Sherlock” (BBC, 2010) y la serie “Elementary” (CBS, 2012). Voy a dejar aparte al Doctor House porque realmente la serie no es una adaptación de la pareja de detectives.

En la película “Sherlock Holmes”, el Doctor Watson es un joven y flamante Jude Law (¡anda que no ha cambiado el cuento!). Usa bastón por su herida de guerra en una pierna. Pero no nos engañemos, lo lleva para usarlo como arma. Está claro que esa pierna no tiene ninguna secuela. El chaval está sanote sanote.

En la serie “Sherlock”, Watson utiliza bastón en el episodio piloto por una herida sufrida en la última guerra de Afganistán (bien hilado, sí señor). Parece que no estoy tan loca: hay versiones del Doctor Watson con bastón. Pero la cogera de este nuevo Watson parece ser fruto de un dolor puramente psicosomático y  el bastón no le dura ni medio capítulo. Otro Doctor Watson de buena salud..

Por último, en la serie “Elementary”, la doctora Watson (que aquí sí que le han dado un cambio completo al personaje), lo más cerca que ha estado de una guerra ha sido pasando en coche por el Bronx un sábado por la noche. Sí, parece que tiene un pequeño trauma personal pero, ¿quién no?. Esta doctora está sana como una manzana.

En este punto es cuando me pregunto si los guionistas tendrían el valor de crear un Doctor Watson cojo que no pudiera echar a correr.  Igual es que yo soy muy recelosa, pero tengo la sensación de que no ven compatible ser un “héroe” con tener algún tipo de problema físico. Igual es que yo soy demasiado recelosa. Vamos a pensar ahora en Holmes.

En “Sherlock Holmes”, Holmes es un bala perdida: jugador, borracho, pendenciero e incluso parece que cliente habitual de un fumadero de opio en la segunda película. Pero esto no parece nada muy problemático subversivo teniendo en cuenta que es Robert Downey Jr. haciendo de Robert Downey Jr.

En “Sherlock” hubo muchos menos valor y la única sustancia adictiva que se le reconoce al susodicho son los parches de nicotina. Puede ser un borde y un antisocial, pero está limpio. Al fin y al cabo Sherlock Holmes es parte del tesoro nacional británico y hay que guardar un poco las formas.

Por último, en “Elementary”, Sherlock acaba de salir de una clínica de desintoxicación y no está nada orgulloso de sus adicciones. De vez en cuando parece que le gustaría volver a meterse algo, pero que tampoco le preocupa demasiado el tema.

Y si alguien va a mencionarme al Doctor House, con esa pierna os aseguro que yo también me haría adicta a lo que hiciera falta. Aunque ciertamente es el referente más “minusválido” de los últimos años.

La cuestión es que al final tenemos a dos héroes que tal vez arrastran algún trauma del pasado, pero son absolutamente funcionales a nivel físico. Y quiero recalcar lo de nivel físico porque, pese a que parece que al Doctor Watson original parece que tampoco tenía muchos problemas con su pierna y bien pueden decir que son fieles al original, me sigue llamando la atención que los “héroes” de nuestras series y películas estén siempre tan en forma.

Y es que aparte del Profesor Xavier de los X-Men, que está en silla de ruedas pero tiene superpoderes (¡cualquiera le da la minusvalía a ése!), ¿cuántos referentes heroicos tenemos con alguna minusvalía física? ¿Es que ya no nos parecerían tan heroicos si estuvieran cojos y les faltara un brazo? ¿Ya no podríamos identificarnos con ellos o querer imitarlos? Ni siquiera son adaptaciones para niños que tengan que ser por convención “políticamente correctas” (por dar una excusa). Son adaptaciones para nosotros, adultos del mundo real que se ahogan si tienen que correr para alcanzar el autobús, con contracturas, artrosis, dolor de espalda y qué leches, muchos en silla de ruedas, con muletas y prótesis diversas.

Sherlock Holmes no está enganchado a las drogas y el Doctor Watson no lleva bastón. Pero a veces me pregunto si no nos estaremos alejando demasiado de la realidad.

 

Holmes

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